ANTONIO JOSÉ DE SUCRE, MARISCAL




El 3 de febrero de 1795, nace en Cumaná, hoy estado que lleva su apellido, Antonio José de Sucre, uno de los militares más sobresalientes de América, sustituto indiscutible de nuestro Libertador y gran amigo de este último.

Sus padres fueron el teniente Vicente de Sucre y Urbaneja y María Manuela de Alcalá y Sánchez, quien murió cuando su pequeño hijo tenía apenas siete años de edad.
C
on la muerte de su madre, es su tío José Manuel, quien asume la misión de educarlo hasta los quince años, cuando decide comenzar a estudiar matemáticas y fortificaciones en la Escuela de Ingenieros de Caracas en 1808.

Su calidad humana, actividad política y efectividad militar lo llevó a ascender en 1810 a la posición de alférez del Ejército, demostrando su genialidad en distintas batallas que darían la libertad a varios pueblos de Suramérica.

El 4 de junio de 1830, es vilmente asesinado en la sierra de Berruecos, al suroeste de Colombia, por órdenes de José María Obando, jefe militar de la provincia de Pasto. Los asesinos fueron: Apolimar Morillo (venezolano), Andrés Rodríguez, Juan Cruz (peruanos) y Juan Gregorio (colombiano). Al conocer la noticia, Bolívar, lleno de dolor, exclamó: "Se ha derramado, Dios excelso, la sangre del inocente Abel".

Sucre fue un gran prócer, militar, político, estadista venezolano y uno de los más leales y consecuentes compañeros de armas e ideas de Simón Bolívar.

El Libertador siempre lo vio como su sustituto, y por ende, le propuso la presidencia de la Gran Colombia, cargo que no aceptó, alegando que ya le había servido mucho a la causa y ahora quería dedicarse a atender su familia. Ya había decidido su retiro y vivía con su familia en la hacienda Chishince en Quito, Ecuador.

Su matrimonio fue arreglado por cuestiones de poder, su esposa nunca lo quiso, y su primogénita murió al caerse de un balcón de las manos de su padrastro.

Al momento del asesinato, Antonio José de Sucre tenía 35 años de edad.


Por: Agustín Arteaga


APOSTADORES MARACUCHOS


Dos apostadores enfermizos están mirando a la vieja del frente que tiene las piernas abiertas y dicen: - La pantaleta de la señora es negra; el otro apostador brinca y dice: - NO! es marrón... Mandan a un carajito a verificar de qué color es la pantaleta y al regresar les dice: - Se pelaron los dos, ni es negra ni es marrón… son moscas.